Hay situaciones por las cuales uno se siente amargado, agradecido, satisfecho, contrariado, alegre, compungido, enamorado, engañado, y todo lo demás que pueda experimentar un ser humano. En cada una de esas situaciones lo que más procura el cuerpo, el alma y el corazón, es expresar ese sentimiento; vaciarse, sentirse, manifestarse, a gritos, sigilosamente, de cualquier manera; lo importante es hacerlo, porque de lo contrario se vuelve uno árido, frío, con el feeling marchito, y así no es tan bella la vida, definitivamente no. Por eso es lindo expresarse. Sin ofender a los demás, claro -ahí es donde reside el verdadero don-.


8 de noviembre de 2015

Era noviembre

Después de terminar el café miré hacia la ventana. Estaba empañada, y con las marcas de la lluvia parsimoniosa; el día parecía más oscuro que de costumbre, no se escuchaban gritos de niños en la calle, ni pitos de carros, ni bullicio de la gente: Era noviembre. 

Ella entró sin decir nada, dejó la gabardina colgada en el perchero y se sentó frente a mí. Como si fuera escena de protocolo, sacó la cajetilla de cigarrillos, prendió uno, y en seguida preguntó qué pensaba. Seguí mirando la ventana mientras el humo se esparcía lentamente en la atmósfera, y luego de un momento solté el pocillo y la miré. Su apariencia no era la más impecable y aún así se veía hermosa. Tenía en su mirada algo de odio y de ternura. Siempre me pregunté cómo dos esencias tan diferentes cabían en una sola mirada. Y por querer encontrar esa respuesta, estaba allí, sentado, débil, e impotente.

"Vine a despedirme", dijo mientras apagaba el cigarrillo aplastándolo contra el cenicero. Luego bajó la mirada, y mientras tanto yo pensaba en cómo podía hacerlo, cómo podía ir allí y decirme eso, como si no estuviera sucediendo nada, con esa tranquilidad desquiciada, perturbante, insólita. ¿Acaso no sentía nada? ¿Acaso tenía una habilidad especial para esconder sus sentimientos? Las mujeres suelen ser así, pueden tragarse hasta la más insoportable sensación con tal de lograr lo deseado. Tal vez era eso. Y no sabía cuál dolía más.

- Eso quiere decir que ya nada tiene solución...

- Lo siento, de verdad. Es mejor que se quede todo así.

Lancé un suspiro de destrozo, de resignación. Sólo quería abrazarla, y mis manos, y mis brazos, y todo mi cuerpo me pedía que la abrazara, que la tomara, que no la dejara ir. Y sin embargo no podía. Estaba tan lejos de mí, tan distante, tan inalcanzable. Que intentarlo hubiera sido como lanzarse a un océano sin fondo.

"No debí venir. Sólo espero que estés bien, adiós Augusto."

Me quedé mirando al vacío, acomodé mis brazos recostándose en la mesa, y agaché mi cabeza. No tenía hambre, ni sed, ni palabras. Nunca antes me sentí tan derrumbado, tan desapercibido, tan muerto.

Ella me había enseñado algo que desconocía completamente, me había llevado a un estado en el que nunca imaginé encontrarme. Todas las barreras, todo el orgullo, todos los prejuicios se habían ido. Los había dejado ir por ella. Y descubrí facetas que tenía escondidas, reservadas para momentos especiales, imaginadas desde siempre y sin saber que eran posibles. Pero de nada había servido. Me había dejado solo, en un mundo desconocido. 

Entonces levanté mi cabeza. Seguía la llovizna parsimoniosa, el frío se sentía cada vez más, y ahora el silencio era irrumpido por el llanto de un niño; los recuerdos iban y venían en cada cotidianidad, el orgullo dolía más  que antes, y el abrazo hacía falta: Era noviembre.


-Jose.